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Objetos de la crítica n° 7
nov.2010
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El discurso como problema de la crítica. Sobre algunas condiciones del análisis del discurso literario




Nicolás Bermúdez
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Abstract

 

El objetivo de este artículo es estudiar la historia y la actualidad del encuentro entre los estudios literarios con los estudios del discurso. Me interesa, en última instancia, examinar la pertinencia y estabilidad de la literatura en el marco de los estudios del discurso tal como se plantean en el presente, entendido esto no como una simple variante de la crítica tradicional o como un gesto de apropiación de postulados metodológicos de alguna rama de la lingüística por parte de la teoría literaria, sino como una operación que implica reflexionar sobre el hecho literario desde otras perspectivas, otras maneras de construcción de los objetos, otras categorías, etc.

Palabras clavetop

estudios del discurso – crítica literaria – análisis del discurso literario

Abstract en ingléstop

Discourse as criticism problem. About analysis of literary discourse conditions

 

Abstract: The aim of this paper is to study the history and actuality of the encounter between literary studies to discourse studies. I'm interested, ultimately, examine the relevance and stability of literature in the context of discourse studies as spelled out in the present, this is not understood as simply a variant of traditional criticism or as a gesture of appropriation, by part of literary theory, methodological postulates of some branch of linguistics, but as an operation that involves thinking about the literary event from other perspectives, other ways of constructing objects, other categories, etc..

 

Palabras clavetop

discourse studies – literary criticism – analysis of literary discourse

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Introducción: donde el lector se entera del objetivo del trabajo, sus alcances y su organización

 

1El objetivo principal del texto que sigue es ponderar la historia y la actualidad del análisis del discurso literario. Vale decir: examinaré la protohistoria y la actualidad (si es que tiene alguna más allá de la nominal) de un encuentro entre espacios disciplinarios: los estudios literarios con los estudios del discurso (y con corrientes que anteceden e informan a estos últimos), ya sea que ese encuentro haya sido impulsado desde una u otra de las partes. Me interesa, en última instancia, examinar la pertinencia y estabilidad de la literatura en el marco de los estudios del discurso tal como se plantean en el presente, entendido esto no como una simple variante de la crítica tradicional o como un gesto de apropiación, por parte de la teoría literaria, de postulados metodológicos de alguna rama de la lingüística, sino como una operación que implica reflexionar sobre el hecho literario desde otras perspectivas, otras maneras de construcción de los objetos, otras categorías, etc.    

 

2El término "encuentro" lo empleo aquí para designar momentos en los cuales -por causas que se indicarán- saberes que abordan el objeto del hecho literario acuden a principios teóricos y metodológicos de los estudios del lenguaje. El uso de este término un poco ingenuo indica un posicionamiento (o quizás sólo la pereza y/o falta de espacio para tratar un asunto previo): ¿son realmente encuentros los de la lingüística con la literatura?; ¿o bien existe entre ellas, como muestran algunos lingüistas (e.g. Jakobson), una relación de complementariedad?, ¿o, como piensan otros (e.g. Chomsky), esto no es tan evidente? Por otra parte, si bien aspiro a que esto quede claro a lo largo del texto, me adelanto precisando que "estudios del discurso" refiere a un espacio con puntos de contacto, pero no equivalente al de la lingüística y al de la semiología.

 

3En homenaje a la cautela, anticipo algunas aclaraciones. No tengo aquí otra pretensión de originalidad más que sintáctica: gloso (en algunos casos de manera abusiva) y articulo autores que han reflexionado sobre alguna zona de este tópico. Al referirme a la teoría y críticas literarias, considero únicamente los enfoques de mayor incidencia en la conformación del panorama local y lo hago desentendiéndome de datos que distinguen tradiciones institucionales. Por la misma demanda del tema, paso por alto las investigaciones (importantes en número y calidad) preocupadas más por la cultura que por el objeto literatura en su especificidad. De todos modos, se verá que me ocupo de las ideas y no de los hombres detrás de ellas (a los que apenas hago alusión). Discurso es un término que, claro está, designa un objeto de estudio de ciertas disciplinas. Si antes opté por "estudios del discurso" fue para involucrar en un solo término distintas corrientes que tienen esa unidad de análisis, aunque difieran en aspectos teóricos y metodológicos: la Escuela francesa de análisis del discurso (de ahora en adelante EFAD), el Análisis Crítico del Discurso (ACD) y la Teoría de los Discursos Sociales (TDS). Estas tres corrientes son las que considero, aunque –sería desatinado hacerlo– no de la misma manera. Dejaré en claro, cuando sea el caso, si sólo me estoy refiriendo a una de ellas.

 

4Este escrito se encuentra dividido en tres partes. En la primera se puede hallar una historia, arbitraria e incompleta, de los encuentros entre la teoría y la crítica literarias y ciertas disciplinas que integran las ciencias del lenguaje. La segunda parte es propedéutica: se encuentra destinada a indicar algunas de las coordenadas que dieron lugar al surgimiento de esos estudios en torno al fenómeno de la discursividad. En la última parte y en la conclusión se evalúa el estado y acontecer actual del análisis del discurso literario.  

 

 

1. Donde se exponen, sin pretensión de exhaustividad, episodios de convergencia entre los estudios del hecho literario, la lingüística y otras disciplinas preocupadas por el lenguaje

 

 1.1. La retórica

 

5Dos datos sobre los que no me voy a extender funcionan como presupuesto de lo que sigue. Uno: la historia contemporánea de la retórica (que parte de la segunda mitad del siglo XX) es la historia de la recuperación de dos operaciones parcialmente "olvidadas": la inventio y la dispositio (encontrar qué decir y ordenarlo). La nueva retórica se distingue así por exceder el marco de la elocutio (la función ornamental de las figuras) al cual estaba circunscrita al menos desde la Edad Media. Dos: uno de los textos claves de esa empresa lo escribe Barthes (v. 1970), y allí coloca a la primera retórica como antecedente de una lingüística preocupada por el discurso, debido, entre otras cosas, a su vocación de catalogar situaciones discursivas y dispositivos de comunicación, y a que hace visible la necesidad de elevar la unidad de análisis y las herramientas para abordarla (la filiación se ve obstaculizada, sin embargo, por las posiciones normativas de la retórica). En esta consideración de Barthes se fundamenta la pertinencia de dedicarle a esta disciplina un segmento en este artículo.

 

6En su devenir histórico, la antigua retórica adquirió el derecho de juzgar en materia literaria. ¿Por qué? Según Delas y Filliolet (1981: 17-25), retórica y poética compartían, para Aristóteles, un mismo funcionamiento dependiente de la lógica. Ambas tienen por objeto un lenguaje concebido como estructura destinada a captar algo del mundo: su verdad, en el caso de la retórica, o el secreto del engendramiento de las cosas, en el caso de la poética. La diferencia radicaba en el objeto de cada una de esas disciplinas. La retórica era definida como el arte de extraer de un tema el grado de persuasión que éste comporta, resultando así una clasificación de los enunciados bajo el amparo de un funcionamiento lógico que evalúa su verdad y eficacia. Su área de competencia era la comunicación cotidiana. La poética, por su lado, era concebida como el arte de operar sobre las palabras a partir de la regulación de la mímesis, entendida como verosimilitud de la representación. Su objeto era la evocación imaginaria. Ahora bien, Genette (1970:159) asegura que ya en la retórica clásica es perceptible, debido a la desaparición de las instituciones republicanas y del género deliberativo, un desplazamiento progresivo del objeto retórico de la eficacia hacia la poesía. Con la declinación de la inventio y la dispositio, y el asentamiento de la elocutio como objeto privilegiado de la retórica, se neutraliza su oposición con la poética. Resultado: se convierte en la disciplina que estudia y valora el discurso literario ornamentado. Asimismo, se modifican los criterios que sostienen su normatividad: de la eficacia se pasa a un criterio estético determinado socio-culturalmente, esto es, asociado al "buen tono" que impone una élite. El problema que entonces se abre es el de la perturbación que provoca, en los principios reguladores de estas disciplinas, la contaminación entre el modelo lógico y el modelo estético. Puesto en modo interrogativo: ¿en relación con qué norma medir la eficacia del enunciado literario convertida en criterio estético? Tal como lo señalan Delas y Filliolet (op. cit.: 21), esta problemática hipotecará de ahí en más toda reflexión sobre el estilo y la literatura, en tanto se centra, fundamentalmente, en resolver lo insoluble: la definición de lo literario a partir de la determinación de un virtual grado cero (sea lo "natural", lo "propio", lo "no figurado", etc.).  

 

7La retórica contemporánea (o nueva retórica) recupera la inventio y la dispositio. Así pues, se produce una reorganización de las relaciones de esta disciplina con los estudios literarios. La mención de dos enfoques resulta significativa para los límites de este trabajo. Por un lado, se han utilizado los desarrollos de la retórica para estudiar la significación interna de los textos literarios. Este tipo de trabajos, comúnmente llamados "temáticos", pueden reclamar de manera legítima ser considerado retóricos. Delas y Filliolet la consideran una "semiótica retórica", que, según sus palabras: "se esforzaría por mostrar las líneas de fuerza subyacentes de una obra, de reorganizar alrededor de un eje retórico una novela captada en su estructuración inmanente" (op. cit.: 23). Por otro lado, existieron y existen intentos para volver a pensar la retórica de la elocutio (i.e. una teoría de las figuras) sobre las bases de la lingüística (piénsese, por ejemplo, en los trabajos del Grupo m e.g. (1987)). Estas tentativas conducen por lo general a reflexionar acerca de la literariedad y su relación con el desvío. Una manera posible de encuadrar la cuestión es utilizar la lingüística como método y la literatura como objeto (v. ibíd.). P. Kuentz (1971) critica esta perspectiva, dado que, por su proceder metodológico, elige de manera ecléctica categorías operativas de la lingüística para describir fragmentos de textos, extrayéndolos de su entorno original y convirtiéndolos en enunciados, es decir, fragmentos de discurso. Despojado del texto, el fragmento valorizado como portador de literariedad no tendría entonces más valor que el de una cita como otra cualquiera, y el corolario era la "cosificación" del lenguaje poético.

 

 

1.2. Los formalistas rusos

 

8Si bien el objetivo de este artículo parece evocar con demasiada afinidad el programa de los formalistas rusos, espero que al final de la lectura quede claro que la noción de discurso literario con la que trabajo no refiere exactamente a lo mismo que remitía en el uso de esos autores, más interesados en describir los procedimientos internos de las obras y sus cualidades intrínsecas ligándolos a las leyes de una poética, que en interpretarlos atendiendo a operaciones que remiten a su contexto de producción. Los formalistas rusos colocan a la obra en el centro de sus reflexiones, rehuyendo a explicarla a partir de la biografía del escritor o de aspectos de la vida social contemporánea. Mencionaré más abajo los motivos por los cuales sus tesis pueden ser consideradas como un episodio en la historia de las relaciones entre estudios literarios y lingüística, pero me apresuro a aclarar que, al sostener la distinción entre abordajes "endógenos" y abordajes "exógenos" y no traspasar el ámbito de la estética, permanecen en el marco de una acepción de discurso que entraría en contradicción con el diagnóstico que propongo en la última parte de este trabajo.

 

9Si, como asegura Eichenbaum (1997), el principio que orientó la labor investigativa de los formalistas fue el de organizar una ciencia autónoma y concreta de la literatura (no especulativa), resultaba necesario "confrontar la serie literaria con otra serie de hechos y elegir en la multitud de series existentes aquella que, recubriéndose con la serie literaria, tuviera sin embargo una función diferente". Naturalmente, fue la lengua cotidiana la serie elegida para cumplir ese programa metodológico y sustentar así el abordaje, por parte de los formalistas, de los problemas centrales de la poética. La lingüística aparecía, pues, como una ciencia que presentaba concomitancias con la poética en su objeto de estudio, pero que la abordaba desde otros presupuestos teóricos y con otros objetivos. De manera recíproca, los lingüistas se interesaron por el método de los formalistas puesto que, hechos de lenguaje al fin, los fenómenos literarios no son ajenos al dominio de su disciplina. En este sentido, el impulso dado por el método formal a las investigaciones en el marco de la poética, forzó una crisis de crecimiento de una lingüística moderna aún embrionaria (los trabajos fundamentales de los formalistas, recuerdo, se sitúan en los años veinte del siglo pasado), lo que se transformó en uno de los factores del aletargamiento de esta corriente. La misma, no obstante, se encuentra en el origen de la lingüística estructural o, al menos, en el enfoque funcionalista representado por el círculo lingüístico de Praga.

 

 

1.3. Filología y estilística

 

10Tal vez el encuentro más trascendente entre la teoría y la crítica literarias y la lingüística fue el que tuvo lugar en la filología del siglo XIX. Ya en ese entonces se planteaba la inconveniencia de aislar el estudio de la lengua del estudio de su uso: así como para los trabajos filológicos de establecimiento de un texto artístico se recurría a los conocimientos acumulados por las ciencias del lenguaje, no resultaba concebible la descripción de una lengua sin una descripción de las obras. De todos modos, no se trataba de un terreno axiomático. Era claro, de hecho, que el proyecto romántico conducía a la filología a oscilar entre dos definiciones: una estricta, que le adjudicaba el estatuto de auxiliar de la historia, en tanto conjunto de técnicas para abordar los documentos verbales, y otra amplia, que la imaginaba como una especie de ciencia de las culturas nacionales, dado que a través de una hermenéutica textual pretendía reconstruir la "civilización" que daba lugar a esos textos. De esta última acepción destaco dos elementos: sus vínculos estrechos con la etnografía, por un lado, y su erosión de la instancia autoral individualizada (dado que los textos se ligaban directamente al pueblo) por el otro.

 

11Aclaremos sucintamente la naturaleza y desarrollo del encuentro aludido. El mismo se hace patente cuando la filología se preocupa específicamente por los textos con cualidades estéticas (dado que es allí, en las obras literarias, donde se expresa el espíritu de un pueblo). En ese lugar convergen enfoques y operaciones que pertenecen a la lingüística en tanto hacen al estudio del lenguaje y a la descripción de su funcionamiento a partir de los textos, con otros que corresponden a la teoría (e.g. diferencia entre géneros literarios) y a la crítica literarias (i.e. interpretación y valoración de un texto)[1]. Más tarde, con la autonomización y especialización que el pensamiento positivista opera sobre las ciencias modernas de la cultura (e.g. Historia, Geografía, Derecho, Etnología) y que, correlativamente, implica la modernización del sistema universitario europeo, este dispositivo comienza a transformarse, con el resultado de un confinamiento y debilitamiento de la filología. ¿Cómo se llega a esta situación? Por un lado, las ciencias humanas y sociales se dedican a los textos recientes y sin valor estético, dejando que los filólogos se encarguen de las civilizaciones perdidas y de la literatura. Por otro lado, se profundiza el proceso de autonomización de la lingüística, que en Europa concluye luego de la primera guerra mundial. Si bien no desaparecen del ámbito de la lingüística los intereses etnográficos, se disocia claramente aquello que pertenece al estudio de la cultura de aquello que es objeto de una reflexión lingüística de carácter científico: las lenguas y la lengua concebidas como sistema arbitrario (v. Maingueneau, 2006: 15).

 

12Como se indicó, la filología podía pensarse como un antepasado común, como una protohistoria de los estudios del discurso que tuvo finalmente su continuación. Si bien el gesto de reflexionar entre un texto y su contexto histórico de elaboración no era nuevo en la cultura occidental, no fue sino hasta mediados del siglo XIX que la filología se estabilizó como disciplina fundamental, aunque en general al servicio de la historia tal como era concebida entonces, para transparentar la relación de una obra con el entorno en el que fue producida y circuló. Es decir, para reconstituir lo que dicen los documentos que construye y utiliza la historia a fin de descifrar el vínculo opacado por la transformación de las formas lingüísticas y de las sociedades (v. Foucault, 1996: 8-9).  

 

13La filología se conservó durante la primera mitad del siglo pasado, sólo en el ámbito académico germánico, por la labor de una estilística literaria estrechamente ligada a la filosofía idealista. Algo de esa filología se postulaba como una ciencia global de la cultura. Así, emprendimientos como el de Spitzer se sostenían en un dispositivo que articulaba hermenéutica y recursos de las ciencias del lenguaje para enfrentar la tarea interpretativa del estilo entendido como visión del mundo. La obra literaria era concebida como una totalidad orgánica que en todos sus aspectos y niveles expresaban un espíritu de autor que, justamente, le confería su unidad. A su vez, este principio espiritual permitía la integración de la obra en una totalidad mayor, el espíritu colectivo de su época -del cual, nuevamente, el espíritu del autor era expresión y al cual daba acceso. Ahora bien, el metalenguaje gramatical no tenía otra función en el aparato de la estilística más que la de rotular fenómenos que no iban más allá de la frase como unidad (e.g. metáforas, pronombres demostrativos, interjecciones, etc.). Para unidades más amplias, apelaba a la taxonomía retórica (e.g. período, exordio, etc.) (v. Maingueneau, 2006: 32). Es decir, no se le prestaba atención al valor heurístico que podían proveer los conceptos lingüísticos. La ventaja de esta corriente con respecto a la filología era que mientras esta última reenviaba a su contexto cada detalle relevado en la obra estudiada, la estilística exhibía voluntad de síntesis, de no atomización del texto. Ambas, no obstante, se mostraban incapaces de asumir las especificidades sociohistóricas de los modos de comunicación literaria y los regímenes enunciativos que esta define.

 

14Las resonancias de este pensamiento fueron, pese a todo, múltiples. La reflexión sobre el estilo alcanzó a autores europeos de importancia considerable para el ámbito nacional. Barthes, por caso, opuso estilo a escritura. Mientras esta última remitía al sociolecto de un colectivo, el primero designaba "un lenguaje autárquico que se hunde en la mitología personal y secreta del autor", aunque su puesta en obra sea producto de un automatismo, no de una elección intencional (v. Barthes, 1993: 18). Otro trabajo para destacar es el de Rastier (2001). En él se introduce una distinción entre dos acepciones de estilo que parecen retomar, en parte, la diferencia en la operatoria de abordaje que se planteaba entre la filología y la estilística. Existiría, por un lado, el estilo de una obra, un principio de unidad al cual se arriba a través de rasgos que presentan un alto grado de conectividad interna en múltiples niveles: una arquitectura. Por otro lado, hay otros rasgos significativos, que remiten según Rastier a "hábitos prácticos de factura", que, al repetirse de obra en obra, pueden remitir a un estilo de autor, tal como lo proponía Barthes. Aunque guardan cierta regularidad, estos rasgos se caracterizan por ser secundarios, marginales, discontinuos, menores. En otros términos, la actividad de su detección y relevamiento se puede asociar a la actividad interpretativa que propone el modelo epistemológico indicial (cf. Ginzburg, 1999: 138-175), modelo al cual responderían varias disciplinas, entre ellas el psicoanálisis y la que nos ocupa: los estudios del discurso. Añade Rastier que el estilo de una obra es propio de los textos artísticos, mientras que los rasgos que permiten definir un estilo de autor pertenecen a todo tipo de discurso, ya que se producen por un trabajo recurrente de selección sobre las opciones lingüísticas, discursivas y genéricas. Se puede observar que por la extensión de su objeto y el funcionamiento de su modelo interpretativo, esta acepción de la estilística comparte espacio epistemológico con algunas corrientes de los estudios del discurso, aunque, en este último caso, los rasgos significativos identificados por el analista remiten no ya a la noción de estilo, sino a lugares de enunciación, formaciones ideológicas, estructuras psico-sociales, órdenes del discurso, etc[2].   

 

15Apartada de la tradición literaria, también prosperó una preocupación por el estilo en el marco de la reflexión lingüística moderna[3]. Claro que ya no ligada a una instancia singular, sino a los elementos que codifica la lengua para organizar la expresión de la subjetividad. Menciono algunos hitos de esta línea de indagación priorizando nuevamente aquellos con mayor presencia en nuestro ámbito[4]. Para Bajtín (2003), el estudio del estilo cae sobre la órbita del estudio de los géneros discursivos. El estilo da cuenta del momento individual de un enunciado que, indisolublemente asociado a las otras dos dimensiones -estructura y unidad temática- es regulado por el género discursivo en el que se inscribe el enunciado y, en última instancia, por una esfera de lo social en la que se estabiliza el género. Charles Bally, por su parte, incluía bajo el estudio del estilo los recursos de expresividad del lenguaje. Es decir, los modos que tiene la lengua para expresar las emociones, en definitiva la afectividad: los "hechos de sensibilidad" (v. Charaudeau y Maingueneau, 2005: 242). Por último, no es desacertado sugerir que las problemáticas concebidas por Benveniste (2001) hacen también a la cuestión del estilo en la lengua. En efecto, los elementos que la lengua le proporciona al sujeto para inscribirse en su enunciado, inscribir al coenunciador y referir al mundo, operan, en concurrencia con las determinaciones de orden social, como reguladores de las posibilidades expresivas del hablante.     

 

16El interrogante que aparece es qué queda hoy de estas tradiciones en los estudios del discurso. En principio subsiste, como vimos, la operación metodológica basada en la indicialidad, lo que es particularmente claro en el caso de la EFAD. En esta tradición se ponen en vinculación las operaciones discursivas con lo que se postulan como las condiciones sociales de su producción. Dicho en términos más rudos, interpretar consiste aquí en conectar marcas de la superficie textual con elementos del contexto.

 

17Asimismo, las preocupaciones que manifestaron las diversas corrientes de la estilística en el marco de la lingüística perduran todavía, aunque conceptualizadas y distribuidas en distintas disciplinas que trabajan sobre el discurso como la teoría de la enunciación, la pragmática, la sociolingüística, el análisis conversacional, etc. Es decir: en este campo no es sencillo dibujar el perímetro de lo heredado de la estilística.

 

18En lo que respecta a la actualidad de la estilística específicamente literaria, tampoco cabe hablar de una única modalidad de articulación con la lingüística y el análisis del discurso[5]. Una estilística que sea una mera aplicación de categorías lingüísticas al estudio del uso de la lengua en obras literarias se aleja de las preocupaciones del análisis del discurso, situación que se invierte cuando se ponen en obra elementos lingüísticos para reflexionar sobre los textos literarios y sus contextos de producción, circulación y reconocimiento (cf. Charaudeau y Maingueneau, 2005: 243).

 

19Abandono por un momento las ideas y me dedico a los hombres. Además de exceder los límites de este trabajo, resultaría ocioso exponer y valorar nuevamente aquí la obra de estudiosos como Amado Alonso y Henríquez Ureña. Pero es indispensable al menos mencionarla, no sólo porque en ella se encuentra la mejor parte de la labor estilística en el ámbito argentino, sino por la trascendencia de su intervención en nuestro universo académico y cultural.

 

 

1.4. Los enfoques comunicativos

 

20A lo largo del siglo XX se multiplicaron las modalidades de reflexión en torno al hecho literario, y la división tradicional de estilística por un lado e historia de la literatura por otro, resultó difícil de sostener. Surgieron entonces varias problemáticas que –lo retomaré más adelante– inclinaron a un sector de la teoría hacia enfoques que están entre los que promovieron los estudios del discurso o que guardan con ellos cierta equivalencia. Entre ellas, cabe destacar la reflexión acerca de las condiciones de la comunicación literaria (principalmente sobre sus dispositivos comunicativos) y las nuevas formas de leer las conexiones entre obra y sociedad. El catálogo de corrientes o autores que transitaron esas cuestiones es, sin dudas, extenso; mencionaré algunos privilegiando nuevamente su presencia local.

 

21a- Aquí es necesario referirse de nuevo a Bajtín. En su intento por superar el antagonismo entre las tendencias estrictamente formalistas y el ideologismo del marxismo vulgar que, sin mediación, proyectaba los elementos estructurales de la obra en la vida real, elaboró conceptos claves para describir y explicar la interpretación y valoración que la obra hace del mundo. La necesidad de dar cuenta de la determinación social en la producción, circulación y reconocimiento de los textos (e.g. género discursivo); la concepción de los procesos que tienen lugar en la literatura como dialógicos (e.g. dialogismo); el imperativo del conocimiento de los espacios, identidades culturales e imaginarios en los que se produjo una obra a la hora de analizar (e.g. cronotopo). Aunque moldeados en el marco de la teoría y crítica literarias, se observará que algunos de estos principios epistemológicos y metodológicos guardan equivalencia funcional con los estudios del discurso tanto en su acepción global -es decir, considerando todas las corrientes que operan a partir de la puesta en vinculación de un texto con su contexto- como con enfoques más específicos, interesados por analizar, en los textos que actualizan discursos, las operaciones de producción de sentido remitiéndolas a sus condiciones sociohistóricas.

b- La Teoría de la Recepción. Consiste en un gesto de reacción contra el dogma formalista y estructuralista relativo a la existencia de una obra autónoma por un lado, y de la aplicabilidad infalible de sus enfoques sistémicos por otro. Tanto las Teorías de la Recepción[6] como la noción de lector modelo de Eco[7], incorporan a los estudios literarios la circulación y la recepción y, fundamentalmente, la idea de que el sentido de una obra no es cerrado, sino que implica siempre la cooperación del lector. En otros términos, estas teorías atienden a la intersubjetividad inherente al proceso de comunicación y a su determinación histórica y cultural.

 

 

1.5. La influencia del método estructural (semiología, narratología y poética)

 

22Como se sabe, con el éxito del estructuralismo la lingüística concedió una especie de protección de ciencia a ciertos saberes preocupados por el problema de la significación (¿qué otra ciencia mejor para tomar prestados conceptos que aquella que atiende a ese sistema de significación por excelencia que es una lengua natural?). Se trataba, claro está, de la lingüística de aquel entonces: Saussure releído por el funcionalismo y la glosemática[8]. La teoría y la crítica literarias no escaparon, se suele decir, a esta situación. De todos modos hay que reconocer que en el término estructuralismo literario fueron a parar abordajes claramente disímiles, que, en el mejor de los casos, podían alardear de un enemigo común: los abordajes "exógenos" de las obras, principalmente la historia literaria[9]. Al igual que el formalismo y a diferencia de lo que sucedía con la filología, el estructuralismo pretendía elaborar una verdadera ciencia del texto literario, considerándolo un artefacto y reflexionando sobre su organización de carácter cerrado[10]. Rechazando la adjudicación del sentido último de una obra en alguna instancia exterior se sostiene una concepción autotélica del texto, lo que produce: a) un desplazamiento a un segundo plano del interés por analizar las obras en función de su inscripción en las prácticas comunicativas de la sociedad; b) una continuidad con la oposición que tornó posible la historia literaria, esto es, con la distinción texto/contexto, como espacios relacionados pero perfectamente separables para su estudio. Como veremos más adelante, los estudios del discurso serán los encargados de sacudir este estado de cosas.   

 

23Ahora bien, tal como lo reconoce Maingueneau (2006: 32), ese amparo científico a los estudios literarios no fue, en realidad, provisto por la lingüística, sino por la semiología. Por una semiología que, excusada en la necesidad de "autonomía" tendía a ignorar lo que sucedía en el mundo de la lingüística, con el resultado de terminar por inspirarse en fases ya superadas de esta última disciplina[11]. Y así la teoría y la crítica literarias comenzaron a hablar de paradigmas, sintagmas, connotación, significante, actante, etc., y no de dialecto, variación, grupo nominal, determinante, modo, aspecto, etc. Por otra parte, es difícil imaginar que, en ese ámbito (con foco en Francia en la segunda posguerra y en los años sesenta) los abordajes lingüísticos de fenómenos literarios hubieran sido recibidos con unánime beneplácito: los entornos intelectuales dominados por el marxismo constituían una resistencia a todo lo que impidiera articular la serie literaria con la social[12].

 

24Casi no hace falta repetir que esta semiología, presentada como ciencia bajo el patrocinio del programa estructuralista, autorizó a muchos críticos literarios a extender su interés al conjunto abierto de las prácticas culturales. Esto permitió desplazar los límites de la literatura y atender a otros campos: la vestimenta, el cine, la cocina, etc. Por motivos que entiendo ocioso mencionar, resalta en este entramado la obra de Roland Barthes. Parte de esa obra (que excede en cantidad y calidad los motivos por lo cual la invoco) es la conciencia de un análisis semiológico de la cultura. En la Lección inaugural afirma que la semiología tiene una relación auxiliar con la ciencia: "puede ayudar a algunas ciencias, ser durante un tiempo su compañera de ruta, proponerle un protocolo operativo a partir del cual cada ciencia debe especificar la diferencia de su corpus. Así, la parte de la semiología que mejor se ha desarrollado, es decir, el análisis de los relatos, puede brindar servicios a la historia, la etnografía, a la crítica de los textos, a la exégesis, a la iconología" (1996: 143).

 

25En concreto y contra lo que se suele afirmar, conviene relativizar la idea de una incidencia permanente y decisiva de categorías desarrolladas en el estudio de la lengua y las lenguas naturales para el abordaje de lo literario en esta época; más bien habría que pensar en contactos intermitentes cuyos beneficios, tanto para una parte como para la otra, todavía hay que evaluar. A esas convergencias puntuales, por otra parte, concurre una lingüística estructural ya perteneciente al pasado. Ejemplos: socializados en 1950, los ensayos más influyentes de Jakobson fueron publicados en francés en 1957; un año más tarde aparecen algunos de los artículos de Benveniste sobre la enunciación (recopilados para su publicación en libro en 1966)[13]. Los desencuentros, sin embargo, no concluyen ahí. Al desfase temporal se le añade la irresponsabilidad: "muchos literatos hacen de la lingüística su locurita del domingo", afirmaba, en un texto de 1971, Antoine Culioli.

 

26En este marco de prevalencia del método estructuralista y la semiología, dos disciplinas abocadas a estudios literarios encontraron la posibilidad de un desarrollo significativo, estableciendo técnicas de exploración del fenómeno textual que rápidamente fueron ingurgitadas por los estudios del discurso. Hay que reconocer, de todos modos, que ninguna de las dos le debe mucho a la lingüística. Por una parte, la narratología o análisis del relato, que sólo se apropia de unos pocos términos de esa disciplina ("proposición narrativa", "modo", etc.) -los cuales, además, no pertenecen al núcleo principal de su aparato analítico (la deuda mayor es, en todo caso, con los formalistas y con la retórica)-. Importa precisar que el objeto de este tipo de análisis no es la obra literaria misma. Lo que ella interroga –señala Todorov (1975: 19)– es ese discurso particular que es el discurso literario. Así, la obra viene a convertirse en una manifestación de una estructura abstracta entre otras posibles. Esta propiedad general que le otorga singularidad al hecho literario, y que suele recibir el nombre de literariedad, es el objeto de la disciplina[14]. Por otra parte, la poética (en tanto teoría de la poesía y no de lo poético), que en realidad estuvo más atenta al legado de los formalistas rusos que a los estudios de las lenguas naturales. Su desarrollo se explica, de nuevo según Maingueneau (2006: 33), por la convergencia entre los enunciados poéticos y la epistemología estructuralista, dado que son inmediatamente estructurales en su organización (métrica, rimas, estrofas, etc. dependen, en última instancia, de un principio de equivalencia estructural)[15]

 

27Es una obviedad decir que el medio argentino resultó permeable con una fuerza de inserción variable al estructuralismo literario, dado el peso específico de la tradición de un abordaje guiado por el compromiso sartreano que había impuesto la labor de David Viñas y del grupo de la revista Contorno a partir de los años cincuenta. Esta incursión claramente amainó a fines de los setenta[16], en buena parte debido al acercamiento a la vertiente culturalista inglesa de los críticos agrupados en torno a la revista Punto de Vista. Esa aproximación puede entenderse como una búsqueda por revertir el desalojo de la historia que habían ocasionado las premisas estructurales, y como la resultante de la insatisfacción que los críticos de ese grupo sentían ante los límites disciplinarios del pensamiento francés. En definitiva, el proyecto consistía en concebir la literatura como una práctica discursiva inserta en el perímetro más amplio de las prácticas significantes de la sociedad. De todas maneras, por más que se ajustaran al modelo epistemológico rígido de una textualidad autorreferida, no es sencillo encontrar, tal como sucedía en las academias europeas, trabajos de crítica literaria que realmente acudieran a la lingüística. Sí existen, en cambio, estudios atentos al eco del vocabulario semiológico o que fueron, directamente, una aplicación a otros corpus y problemáticas de las propuestas de autores como Barthes y Greimas. 

 

 

1.6. "Locuritas del domingo"

 

28La sentencia antes citada de Culioli vale como botón de muestra para observar cuál ha sido la actitud de los lingüistas hacia la labor de los teóricos y críticos de la literatura (sin desconocer, por otra parte, que la afirmación proviene de un lingüista que ocupa un lugar muy particular en el elenco de esa disciplina, no sólo porque ha tomado cierta distancia de la "ortodoxia" de la lingüística de la enunciación francófona, sino porque es reconocida su tendencia a incorporar una profusa reflexión epistemológica en sus trabajos). Conocida esa actitud, referiré algunas de las imputaciones que Culioli desplegó contra sus colegas literatos. Ellas tienen el valor de dar acceso a discusiones propias de una coyuntura (protagonismo de la semiología y de la lingüística en el pasaje de los sesenta a los setenta) y a cuestiones actuales sobre los principios epistemológicos de las ciencias del lenguaje.

 

29Culioli hace notar que los estudiosos en literatura suelen recurrir a la lingüística amparados en varias ilusiones sobre el lenguaje; a saber: a) la de su natural transparencia, y, por transitividad, la del metalenguaje; b) la de su exterioridad instrumental. En efecto, este autor apunta que, junto al error muchas veces señalado de considerar que existe una correspondencia biunívoca entre lenguaje y realidad, el crítico literario puede explicar una obra haciendo "como si las palabras, a pesar de su polisemia evidente y su estatuto complejo, tuvieran acepciones unívocas y un modo de existencia único". Junto a ese desatino existe otro aún más grave: la falta de reflexión sobre el metalenguaje, "como si cada vez que él utiliza un término, esto no supusiera toda una organización teórica del campo en el que opera". Y el precio que paga la crítica literaria por estos "como si", por esta contravención a la cientificidad, es la conducta mimética: cualquier práctica, en la medida en que no haya adquirido determinado grado de conceptualización, se comporta como su objeto ("En ese momento –dice Culioli–, el crítico, para describir un estilo musical, utilizará metáforas musicales") (cf. en prensa).  

 

30De la misma manera, la configuración de un espacio de estudio que habilita a deslindar abordajes "externos" e abordajes "internos" es tempranamente discutida por Culioli en nombre de cualquier consideración de una exterioridad del lenguaje, consideración que, en el ámbito de la lingüística, ya había desbaratado Benveniste. En tal sentido, señala que al lingüista le resulta difícil admitir que por un lado está lo subjetivo (biografía del autor) y por otro lo objetivo (el texto), de modo que sería factible poner en correspondencia, término a término, tal elemento en el texto y tal elemento fuera del texto, dado que se tiene la idea de que el lenguaje es un exterior, en tanto que la vida interior sería, precisamente, un interior.

 

31Finalmente, le cuestiona al crítico literario su carencia de reflexión sobre los problemas teóricos en sus operaciones interdisciplinarias. Cuando lo requiere la actividad crítica, va a buscar sólo la pequeña dosis que le hace falta de contexto. Así, si necesita psicoanálisis, irá a buscar en un manual lo que tiene que saber sobre psicoanálisis. Cuando se trata de lingüística, pareciera que "busca que se le dé la-lingüística-del-momento, en cierto número de clases de reciclaje, de tal modo que luego él pueda utilizar lo que se le haya dado". La voluntad de la interdisciplina, replica Culioli, debe estar acompañada de una verdadera reorganización de las prácticas investigativas, y debe tener como objetivo último desarrollar realmente una actividad pluridisciplinaria que involucre equipos con gente que posea una rama dominante y una buena competencia en otro campo.

 

32Si bien ilumina problemas, Culioli es optimista acerca de la productividad de estos encuentros ¿Qué ventajas le puede traer a la teoría y a la crítica la apelación a la lingüística? Fundamentalmente, la posibilidad de plantearse problemas metodológicos y teóricos básicos como, vaya por caso, protegerse de la ilusión empirista del objeto dado. Más allá de esta consideración global, Culioli indica sectores puntuales que podrían apuntalar a los estudios de literatura: fonoestilística (en la que fue vital el aporte de la fonética), el análisis de enunciados (párrafos, relaciones interproposicionales), la lexicología, el estilo indirecto, etc.

 

 

2. Donde se informan, con la mayor nitidez posible, los factores que ocasionaron la aparición de los estudios del discurso

 

2.1. Hitos para una cartografía

 

33Llegados a este punto, conviene definir con mayor precisión lo que he estado denominando un poco irresponsablemente, estudios del discurso. Para ello, repasaré algunos hitos – algunos es no todos– de la historia de la constitución y estabilización de este campo. Paradójicamente, no ahondaré en los debates acerca de su situación epistemológica actual. Reponerlos le daría a este artículo el volumen de una tesis doctoral. Baste señalar que, al menos en la EFAD y en el ACD, es un tema que suscita disputas y disputas sobre la validez de esas mismas disputas. Apuesto, de todos modos, a que la información que sigue permita observar, además de su inestabilidad, los principios que regulan este terreno[17].

 

34Un horizonte parcial, al menos para el caso de la EFAD, lo dibuja la situación a la que se vio sometida la lingüística durante la expansión del estructuralismo. Fue el mismo estatuto de "ciencia piloto" del que antes hablaba el que la obligó a dar respuestas frente a objetos inéditos (e.g. mitos, sueños, novelas, films, etc.) y frente a la necesidad de producir conceptos nuevos; debió satisfacer, al fin y al cabo, una nueva y considerable demanda. Este panorama conmovió la posición de una lingüística con un campo de aplicación aún limitado a la oración. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucedió con el programa de los formalistas rusos, ella supo proporcionar un conjunto de respuestas a esta creciente presión. Las indico más abajo. 

 

35Nacidos en el marco de la irrupción y posterior crisis del paradigma estructuralista en las ciencias sociales, los estudios del discurso constituyen un espacio disciplinario relativamente joven. Comenzaron siendo nada más que un "espacio crítico de problematización", pero existen ciertas evidencias que permiten afirmar que, al menos en algunos centros académicos importantes, han acumulado saber y se hna afianzando con el tiempo[18]. Estas evidencias atestiguan el desarrollo de un aparato conceptual y unas metodologías de análisis específicas, un diálogo fluido entre las distintas corrientes que integran el espacio disciplinar y, aunque problemática y desigual, una inserción institucional. Es decir, aunque la involucran, conforman algo distinto a la mera ampliación del campo de la lingüística (ver n. al p. 38) y surgen en desfase con las propuestas de la semiología. Son múltiples los desplazamientos epistemológicos que permitieron su aparición; quizás los que siguen sean los más destacables (cf. Maingueneau, 1989 y Bonnin, 2008).

 

 

2.1.1. En el campo lingüístico

 

36Desde la década del cincuenta del pasado siglo, una serie de indagaciones conmovieron el establecimiento de la unidad de análisis, los presupuestos teóricos y la estructuración de los fenómenos de la lingüística, lo que repercutió en la conformación del discurso como objeto de análisis.

 

 

2.1.1.1. El abandono de la oración como unidad de análisis

 

37a- A mediados del siglo pasado, Z. Harris (1952) propuso un método -luego bautizado harrisiano o de los términos-pivote- que se constituyó en referente de los primeros trabajos de la EFAD, aunque con una finalidad totalmente distinta a la que tenía en el marco teórico original. Consistía en la construcción de un corpus con un alto grado de homogeneidad a partir de operaciones de manipulación sintáctica que desatendían el funcionamiento interno de la oración. Ello estaba a favor de una mirada comparativa de la aparición de términos y sus entornos en diferentes textos. Ya en la década del setenta este método comenzó a ser criticado, imputándosele, entre otras cosas, el hecho de subestimar las dimensiones textual y enunciativa de la discursividad (cf. Charaudeau y Maingueneau, 2005: 388).

b- Promediando los setenta, en los ámbitos académicos de habla inglesa y alemana (principalmente en la Universidad de Constanza) se desarrollan investigaciones en relación con la lingüística del texto (Dressler y De Beaugrande, 1972), la gramática textual (van Dijk, 1977 y 1980; Halliday y Hasan, 1976) y, ya en los ochenta, con la gramática sistémico-funcional (e.g. Halliday, 1985), que constituyen algunos de los más significativos antecedentes que permitirán, más tarde, la aparición y expansión del ACD.

 

 

2.1.1.2. La configuración de la subjetividad como problema lingüístico

 

a- Si bien no se trataba de un fenómeno que había permanecido oculto para la lingüística precedente, es recién con los trabajos de Benveniste (la primera publicación de "De la subjetividad en el lenguaje" data de 1958[19]) que se logra elucidar el fundamento lingüístico de la subjetividad y del tiempo, a partir del inventario y descripción de las formas que participan en la instauración de la subjetividad en el discurso. Tal repertorio de recursos fue extendido por Kerbrat-Orecchioni en su continuación del trabajo de Benveniste. 

b- Desarrollada a partir de la década del setenta e inspirada en la obra de dos estudiosos de la literatura como Bajtín y Genette, la teoría polifónica de Ducrot operó una escisión del sujeto hablante en el plano mismo del enunciado, ya que: "El sentido del enunciado se presenta así como la cristalización, en un discurso, de distintas voces abstractas o puntos de vista, introducidos en escena por el locutor, definido como aquel personaje, a menudo ficticio, al que el enunciado atribuye la responsabilidad de su enunciación" (García Negroni y Tordesillas Colado, 2001: 27). Si bien aquí la dimensión polifónica se sitúa en nivel de la lengua, ella suministró herramientas importantes al análisis del discurso. Esta perspectiva fue central para las primeras formulaciones de la EFAD, ya que permitía atacar la ilusión del sujeto hablante.

 

 

2.1.1.3. La dimensión comunicativa de la actividad lingüística

 

38Si bien posteriormente fue muy criticado en especial desde la semiótica (e.g. Greimas y Courtés, 1982; Kerbrat-Orecchioni, 1997; Verón, 2005) –no sin razón–, el trabajo fundador de Jakobson[20] acerca de la naturaleza comunicativa del lenguaje, se transformó en presupuesto teórico y problemática central para varias disciplinas orientadas sobre lo discursivo que, a su vez, enriquecieron esta concepción de la comunicación lingüística incorporando nuevos elementos. Así, para la evolución de este acercamiento entre lingüística y teoría de la comunicación fueron decisivos los aportes de, por ejemplo, la pragmática anglosajona (la tesis de los actos de habla y sus dimensiones ilocucionaria y perlocucionaria se publica en 1962[21]), la sociolingüística variacionista (las tesis fundamentales de Labov asociando el uso lingüístico y el estatus social son de 1972), la etnografía de la comunicación[22], la etnometodología y la lingüística interaccional (que integra el componente lingüístico en el horizonte mayor del intercambio simbólico[23]).

 


2.1.2. En el campo de la filosofía y la estética

 

39También en este espacio es posible identificar varios factores que confluyeron en la constitución del análisis del discurso.

 

 

2.1.2.1. La pragmática anglosajona y la Teoría de los Actos de Habla

 

40Mencioné más arriba nociones producidas por la obra pionera de J. Austin difundida desde inicios de los sesenta. Desde la filosofía del lenguaje, ella puso las bases para la elaboración de un marco teórico que interesó no sólo a filósofos y a lingüistas sino también a psicólogos, críticos literarios y antropólogos, dada su pertinencia para abordar el estudio del lenguaje en uso. Las nociones de acto ilocucionario y acto perlocucionario muestran que el uso del lenguaje no consiste simplemente en decir sino también en hacer. Atacando las posiciones representacionalistas que sostienen que los enunciados funcionan describiendo un estado de cosas de la realidad,  se sostiene que el enunciado y la situación hacen una totalidad indisoluble de significado y acción. Interesa enfatizar aquí que la dimensión reflexiva que Austin le adjudica a la producción de un enunciado lo coloca, junto a Benveniste, en la línea de aquellos que han permitido desterrar las hipótesis de una relación transparente entre el uso del lenguaje y el mundo (que, según vimos con Culioli, tendría alguna vigencia entre los críticos literarios). En este mismo espacio de reflexión pueden situarse los trabajos de Searle y Grice, entre otros. De todas maneras, las críticas a las tesis de la pragmática anglosajona han sido múltiples, significativas y provenientes de ámbitos diversos (e.g. Bourdieu, 1985; Ducrot, 1986; Berrendonner, 1987).

 

 

2.1.2.2. La obra de Michel Foucault

 

41En tanto que define al conjunto de enunciados que provienen de un mismo sistema de formación (e.g. discurso psiquiátrico), el término discurso ocupa un lugar central en las investigaciones de este autor, no sólo como objeto de descripción metodológica (i.e. cómo se aborda el estudio de una formación discursiva), sino también como resultado de puesta en obra de esa metodología (e.g. la descripción del discurso psiquiátrico en la época clásica). Varios conceptos claves de sus trabajos correspondientes a la etapa del desarrollo de una arqueología, principalmente en La arqueología del saber (1969) y El orden del discurso (1970), fueron retomados y transformados por analistas del discurso. Entre ellos están: formación discursiva, orden del discurso, práctica discursiva, dispositivo, reglas de formación, modalidades enunciativas, sistema de dispersión, etc. En el marco de la EFAD, Courtine (1981) fue quien ajustó y organizó de manera operativa algunos de estos conceptos. La escuela de Duisburgo -especialmente Jäger (e.g. 2003)- intentó incorporarlos a su particular enfoque dentro del ACD. En el ámbito argentino la crítica literaria tiene aún hoy un diálogo muy fluido con la obra de este autor.

 

 

 

2.1.2.3. Los postulados del Círculo de Bajtín

 

42Escritas durante la década del veinte del pasado siglo pero traducidas y difundidas en Europa occidental a partir de los años setenta, las principales obras de Bajtín tuvieron una incidencia decisiva en diversas áreas de las ciencias del lenguaje (e.g. semántica y pragmática francesas) y, como se señaló, de la teoría literaria. La explicación del funcionamiento discursivo desarrollada por el llamado Círculo de Bajtín estableció que el dialogismo es un fenómeno constitutivo de todo discurso (cf. Bajtín, 1986). Es decir, la estructura semántica y estilística de todo discurso se halla determinada por los enunciados producidos anteriormente y por los que, en un futuro, los destinatarios puedan llegar a producir. Esta es la tesis que le da basamento a ciertos postulados centrales de la EFAD, como, por ejemplo, el de la heterogeneidad constitutiva (Authier-Revuz, 1984) y el de la primacía del interdiscurso sobre el discurso (cf. Pêcheux, 1975). La dimensión sociológica de este principio indica que el sentido lingüístico se encuentra determinado por la estructura social, lo cual implica la imposibilidad de estudiarlo fuera de sus contextos sociales de uso y, por ende, en el marco de los conflictos de clase (cf. Voloshinov, 1992)[24]. El reconocimiento de esta relación entre estructura social y producción de sentido también ubica a Bajtín como uno de los antecedentes del ACD. Un corolario de estas tesis sobre el funcionamiento social del discurso, es la construcción del concepto de género discursivo (cf. Bajtín, 2003), que establece una vinculación estrecha entre tipos relativamente estables de enunciados y esferas de la práctica social. En tanto operación de clasificación y organización tipológica, la evolución de este último concepto en el marco de los estudios de la discursividad social ha tenido y tiene contactos con la noción de género puesta en circulación por la teoría literaria. Asimismo, ocupa un lugar cada vez más central en los trabajos de la EFAD (e.g. Adam, 1991; Maingueneau, 1999[25]).

 

 

2.1.3. En el campo psicoanalítico

 

43Resta, finalmente, mencionar algunas de las concepciones sobre la subjetividad y el sentido que originó la particular relectura lacaniana de la obra de Freud, cuyo peso trasciende el ámbito francófono (la publicación original de sus Escritos es de 1966[26], pero reúne artículos que tenían desde mucho antes una vasta circulación). Desde 1950, las referencias al lenguaje pasan a dominar el concepto lacaniano del sujeto, donde ya queda establecido que este último es efecto del lenguaje, lo que significa que el orden simbólico ya no puede ser considerado como producción de la conciencia (cf. Lacan, 1996). Por el contrario, el ser humano, no tiene acceso a sí mismo más que en un orden simbólico que lo recibe y atraviesa bajo la forma del lenguaje y en el cual la determinación del significante instaura al sujeto como escindido por su propio discurso. Esta escisión se actualiza claramente en la diferenciación que introduce Lacan entre sujeto de la enunciación y sujeto del enunciado (cf. Dor, 2006). Su movilización del término discurso, por su parte, entraña el reconocimiento de la naturaleza intersubjetiva del lenguaje. Ahora bien, el lenguaje no sería un sistema de signos, sino un sistema de significantes, ya que, a diferencia de la definición clásica de la lingüística estructural, Lacan considera al significante como elemento primario y básico del lenguaje, verdadera unidad del orden simbólico. Los significantes son elementos materiales que se combinan siguiendo las leyes de la metonimia (esta crítica a la ilusión de una correspondencia entre significante y significado permitirá la aparición de posiciones posestructuralistas). Se observará el estrecho vínculo que posee este conjunto de ideas con las arriba mencionadas producidas en el campo lingüístico, algo explicable por la posición central que ocupa el lenguaje en la obra psicoanalítica lacaniana. Por otra parte, estos postulados participan del núcleo teórico de la EFAD y su influencia no ha sido menor en el desarrollo de la crítica literaria durante la segunda mitad del siglo pasado.

 

 

2.2. Discurso y contexto

 

44El presente mapeo pretende brindar una pauta aproximada de las conmociones que provocó el itinerario del método estructuralista y la aparición de la noción de discurso sobre distintas áreas de las ciencias del lenguaje; fundamentalmente en las teorías de la enunciación, en las corrientes inspiradas en la pragmática, en las teorías basadas en el principio de la polifonía, en la recuperación de la retórica, etc.

 

45Surgida y propagada en este escenario, la noción misma de discurso no ha adquirido aún consistencia semántica. Tampoco podía ser de otra manera, dado que designa objetos construidos en el horizonte de enfoques o disciplinas distintas (ni siquiera refiere siempre a una unidad de análisis). Se podría decir, pues, que es polisémica considerando el marco de las ciencias del lenguaje o de los estudios del discurso, y adquiere valores más precisos en cada corriente o en el trabajo de un autor específico, lo que obviamente conspira contra la voluntad de hablar de estos estudios como un espacio epistemológico estable y homogéneo. De todos modos no es imposible ensayar un intento de generalización estableciendo el alcance de la noción en dos planos.

 

46Por un lado, discurso posee un registro más bien técnico, que puede remitir a una unidad conformada por una sucesión de frases (e.g. en la lingüística textual), al uso de la lengua en un contexto (lo que no deja de aproximarlo a la enunciación benvenisteana), al conjunto de textos que puede producir este uso y que puede ser clasificado según algún parámetro (e.g. "discurso comunista"). Este inventario no es exhaustivo.

 

47Por otro lado, implica una toma de posición frente a una manera de concebir el lenguaje que moviliza una serie de ideas-fuerza que se desprenden parcialmente de lo expuesto más arriba. Con mayor justeza, vale afirmar que instaura fuertemente un ideario cuya vigencia en nuestro universo académico es reconocible en un doble vector. El discurso como producción, la preeminencia de la interacción, el carácter reflexivo de la enunciación, el decisivo papel organizador de los géneros discursivos en tanto dispositivos de comunicación, el carácter inseparable del texto y el contexto, la naturaleza social del sentido, etc., son concepciones que anclaron principalmente en los estudios que, en mayor o menor medida, permanecieron en el marco de la tradición estructuralista, alojados institucionalmente en las facultades de letras. Por otro lado, más cercanos a las carreras de comunicación y de sociología, prosperó la TDS, cuyos presupuestos de base son la existencia de un pensamiento ternario (peirciano) sobre la significación, lo real como producto de la red semiótica, la producción social del sentido, su preocupación por la materialidad del sentido, etc. (v. Verón, 1998).

 

48La persistencia de esta noción de discurso tuvo, asimismo, consecuencias significativas sobre la noción anexa de contexto (que, bien vale reconocerlo, he estado utilizando hasta ahora sin matiz técnico alguno y en su acepción más general). El contexto no es el marco en el que adviene el discurso, sino que no hay discurso que no esté contextualizado: no es posible adjudicarle sentido a un enunciado fuera de un contexto que lo condiciona y al cual, a su vez, el enunciado transforma permanentemente a lo largo del acontecimiento discursivo. Se trataría, en definitiva, de una relación dialéctica y procesual. Ahora bien, la amplitud (e.g. observar sólo el contexto inmediato o el conjunto del entorno institucional) y la integración (e.g. que se tome en cuenta o no el saber preconstruido que circula por el interdiscurso) del contexto varía según el tipo de análisis y, por ese motivo, adquiere una designación específica (e.g. condiciones de producción para los estudios del discurso, situación de comunicación para la teoría de la comunicación).

 

 

3. Donde al fin se habla de la actualidad (o virtualidad) del análisis del discurso literario y de las resistencias de la teoría

 

49Ahora bien, lo paradójico de la situación es que, como se observa en relación con lo expuesto más arriba, ya en los años setenta estaban puestas las bases teóricas que dieran lugar a una reflexión acerca de la literatura en términos de discurso literario. Sin embargo, según Maingueneau (2006), tal dirección no se hace concebible sino recién en los noventa, y lejos está aún de definirse como un espacio absolutamente estabilizado. Pareciera como si todo intento de transferir estas ideas-fuerza al campo de los estudios literarios fuera proclive a ocasionar la perturbación del hecho literario y de la doxa del espacio de la crítica y la teoría.

 

50Esta descripción y este diagnóstico no deben rechazarse, aunque sí mitigarse en función de la breve historización expuesta antes. Si bien no conceptualizado como Mainguenau lo propone, y mucho menos pensado a partir del marco desde el cual lo enuncia (la EFAD), se puede afirmar que las problemáticas del discurso no fueron totalmente ajenas a los estudios literarios. Estos espacios muestran -lo vimos- al menos isomorfismos, cuando no encuentros felices (y también de los otros).  Contemporáneamente a la evolución de los estudios del discurso, los estudios literarios comenzaron a preguntarse sobre la organización de los textos y a reflexionar sobre la textualidad, y a romper el vínculo de dependencia unilateral entre el autor y su obra. El inconveniente es que, en muchas ocasiones, lo hizo llevando a niveles exagerados las posiciones inmanentistas.

 

51Es plausible considerar, desde el horizonte de los estudios del discurso, la inconveniencia de sostener los esquemas de abordaje del fenómeno literario que no contemplen, para su estudio, el carácter indisociable del texto y el contexto, del acto de enunciar y lo enunciado. En otras palabras, que no se estructure el fenómeno a estudiar en términos de un discurso literario. Este es, justamente, el principal reproche que Maingueneau le realiza a gran parte del campo de la crítica literaria europea actual. Es decir: que mantenga vigente el esquema que separa abordajes "exógenos" y "endógenos" de los textos, conservando una matriz similar a la que permitió hace dos siglos deslindar historia literaria y estilística. Desde la perspectiva de este autor, en tanto que el objeto literatura se transforma según los instrumentos puestos en funcionamiento para su estudio, no habría que perder de vista que la constitución de ese objeto y de los procedimientos para su análisis varían de acuerdo con las instituciones, las prácticas que organizan y vinculan a los agentes, el estatuto de esos agentes y los lugares que ocupan en la producción y circulación de los discursos[27]. En otros términos, categorías como autor, originalidad, autonomía, etc. no son atemporales[28]. Así pues, un cambio de perspectiva como el que surge del reproche de Maingueneau, instalaría la posibilidad de ampliar las modalidades de lo literario e incorporar, por derecho, un conjunto de textos de los más diversos géneros.

 

52El interrogante, sin embargo, persiste ¿Por qué hasta los años noventa no se hace visible el programa de un análisis del discurso literario? o, más simple, ¿por qué no se reflexiona hasta entonces en términos de análisis del discurso literario? Maingueneau (2006) observa en la doxa de los especialistas en literatura dos focos de resistencia a un programa de este tipo (recuerdo que su trabajo se ciñe preferentemente a la academia francesa).

 

53El primer foco de resistencia se encuentra en la estructuración del fenómeno. A grandes rasgos, los estudios del discurso se postulan como un aparato de lectura que, al menos potencialmente, tienen como objeto el universo de la discursividad y su funcionamiento; es decir, todos los enunciados de una sociedad, aunque su abordaje efectivo se organice por tipos, épocas, géneros, etc., de acuerdo con los límites que imponga una corriente o una investigación concreta. Los estudios literarios, por su parte, movilizan, para aplicar a las obras, nociones tomadas de otras ciencias humanas (e.g. sociología, psicoanálisis, etc.), y lo hacen bajo el presupuesto de una distinción entre textos autotélicos, que caerían bajo su órbita, y transitivos.

 

54El segundo foco de resistencia atañe al papel concedido a la lingüística. Con el desarrollo de los estudios del discurso se reordenan las ciencias del lenguaje. En esa reorganización es clave el papel que se le asigna a la lingüística (incluso cuando no se sepa bien cuál es[29]). En la crítica literaria, las categorías de la lingüística son empleadas como simples herramientas a las que el crítico puede apelar (aunque muchos, como hace notar Culioli, lo hagan sin el suficiente control científico). En los estudios del discurso, en cambio, esas categorías constituyen el instrumento de investigación necesario, tanto en el plano teórico como analítico (siempre y cuando, claro, se las utilice para organizar investigaciones y producir interpretaciones valiosas, y no para validar a las que se llegaba por simple intuición). En definitiva, el resultado de este reordenamiento mantiene una nítida e incuestionable separación entre investigaciones sobre la lengua e investigaciones sobre la literatura. 

 

 

4. Aquí se detallan, a modo de conclusión, las ventajas y desventajas de un análisis del discurso literario

 

55Estudiar el fenómeno literario construyendo al discurso literario como objeto conlleva una serie de ventajas, pero también inconvenientes a resolver. Comenzaré mencionando uno de estos últimos.

 

56La exactitud descriptiva del término discurso literario es incuestionable desde el punto de vista pragmático, pero carece de precisión si se la remite a identificar un componente de la discursividad social. Dicho de otra manera: su estatuto pragmático es de sencilla caracterización (e.g. se distingue por la pseudoperformancia de los actos ilocutorios que los realizan), pero los fenómenos del campo literario y las reglas que organizan la circulación de sus discursos son algo menos estable; como no puede ser de otra manera, han variado en el tiempo y de un colectivo social a otro[30].  

 

57 Para cerrar este trabajo vamos a las ventajas. En primer lugar, al postularse como un marco y no como una lectura en competencia con otras, permite que en su ámbito se distribuyan los múltiples tipos de estudios que la obra literaria autoriza. Para mantenerse en los límites del análisis del discurso basta con que esas lecturas pongan en primer plano los dispositivos comunicativos (e.g. géneros discursivos) o enunciativos (e.g. escenas enunciativas).

 

58En segundo lugar, el término discurso literario permite abandonar definitivamente los esquemas que separan texto/contexto (y, por tanto, la posibilidad de plantear abordajes "endógenos" y "exógenos"), y supone renunciar a la construcción, absolutamente imaginaria, tanto de la obra en sí considerándola una entidad aislada, como de la obra como invención de una conciencia creadora como centro del universo estético.

 

59Por esta vía, tercera ventaja, se evita caer en una concepción del texto como mera organización de contenidos que adviene en un contexto-marco previamente constituido y que, desde allí, establece alguna relación de representación con el mundo. Por el contrario, abre la posibilidad de pensar que la obra interactúa con unas condiciones de producción que hacen a su sentido de manera decisiva, condiciones que comprenden un determinado estatuto de escritor habilitado por las leyes del campo, unos dispositivos que gestionan los procesos de producción, circulación y reconocimiento, unas escenas genéricas que participan de la organización de las escenas enunciativas, unos específicos ritos de escritura, etc.

 

60Por correlato, y en cuarto lugar, permite restituir las obras a estos espacios donde son producidas y extraer al discurso literario del lugar "aventajado" de la interioridad de una conciencia. Este discurso se vuelve entonces fenómeno de construcción progresiva en el espacio interdiscursivo, vector de un posicionamiento estético, material de elaboración de cierta identidad enunciativa y de un movimiento de legitimación del propio espacio de enunciación. Así pues, se transforma la idea proveniente del romanticismo de un autor como conciencia creadora que necesita expresarse, que concibe un sentido, que elige los medios para hacerlo, junto con la de un lector que lo descubre y lo legitima (Maingueneau, 2006: 45).

 

61En definitiva, si el concepto de discurso literario logra estabilizarse epistemológica e institucionalmente, la estructuración del objeto antes expuesta -esto es, como sistema complejo en el que interactúan simultáneamente diversas instancias que cada obra particular actualiza- requiere una transformación del metalenguaje, para lo cual debería incorporar y terminar de definir nociones tales como escena genérica y genericidad, intertextualidad, dispositivo, soporte, modo de vida de escritores, posicionamiento estético, escena de enunciación, dimensión temática, discurso constituyente, etc.

 

 

Notas al pietop

 

[1] De todas maneras, esta convergencia no implica confusión. Con la lingüística no hay coincidencia en el enfoque: mientras la filología se ocupa del lenguaje en tanto que medio para fijar los textos, aquella centra su interés en el lenguaje en sí mismo y utiliza los textos únicamente como un medio más de conocimiento de éste. Con respecto al estudio de los textos literarios, el interés de la filología apunta fundamentalmente al entorno cultural.  
[2] E. Narvaja ha estudiado ampliamente este tipo de vínculos (v. p. ej. 2008: 89-103).
[3] Aunque si bien no deja de ser pertinente incluir aquí la indagación retórica sobre el estilo, la dejo de lado porque incursionar en ella excede los límites de este trabajo. Solo señalaré que en este campo el estilo: a) se asocia a la instancia individual, b) depende de la movilización de un conjunto de procedimientos y no de una "visión del mundo", c) pertenece al momento de ordenamiento de las opciones expresivas, es decir, a la elocutio, d) cae bajo el principio de adecuación (al género, a los destinatarios, a la situación, al tópico, etc.).
[4] Se puede encontrar un relevante desarrollo de este tema en Adam, 2002.
[5] Desde su particular teoría, Culioli (en prensa) afirma que la lingüística también puede alertar sobre la inconveniencia de plantear el problema del estilo considerado como un desvío con respecto a una norma presupuesta. Toda reflexión seria sobre la norma en la actividad de lenguaje conduce a plantear la norma como un "margen de variación entre umbrales de tolerancia, todo lo cual es reglado por restricciones complejas", y no como un centro puntual que haya que alcanzar, margen que varía según las culturas y las situaciones.
[6] Tomemos como inicio simbólico de estos estudios el año 1967, en el que Jauss dictó su conferencia inaugural como catedrático de la Universidad de Constanza, con el título "La historia de la literatura como provocación (o desafío) de la ciencia literaria". Versión en español en La literatura como provocación, Madrid: Península, 1976.
[7] La edición original de Lector in fábula es de 1979. La primera en español es de 1981 (Lector in fabula. La cooperación interpretativa en el texto narrativo, Barcelona: Lumen).
[8] Existe toda una serie de investigaciones tendientes a demostrar, a partir de una exégesis del Curso y los Escritos, cómo Saussure considera la literatura y la idea de discurso para configurar la problemática del lenguaje. Otro tanto ocurre con Benveniste. (cf. Chiss, 2005; Delas, 2005). Aprovecho para recalcar el carácter no exhaustivo de lo presentado bajo el apartado 1.
[9] Parece ser el parámetro unificador más estable, el cual, inclusive, permite asociarlo a lo que se conoció como nueva crítica(cf. Barthes, 1977: 298). Esta nueva crítica comparte algunos presupuestos con el estructuralismo, pero rechaza sus propuestas de carácter fragmentario y la autorreferencialiad a ultranza del texto, dado que algunas de sus vertientes preocupadas por la temática se centraban, vía el psicoanálisis o el existencialismo, en la conciencia creadora. Maingueneau, por ejemplo, ubica aquí a la obras de Jean Starobinsky y Serge Doubrovski (2006: 25).
[10] Algunos autores ven aquí una continuidad con el axioma romántico de la clausura de la obra orgánica.
[11] Al respecto, v. Verón (1998: 122).
[12] Algunos ejemplos. El isomorfismo de estructuras que, según Goldman (v. Para una sociología de la novela, Madrid: Editorial Ciencia Nueva, 1969), presentan la serie literaria en su dimensión formal y el orden social. La obra como expresión de contradicciones ideológicas (e.g. los trabajos de Macherey, en especial Para una teoría de la producción literaria, Caracas: UCV, 1974). La corriente marxista de inspiración althusseriana que se centra en las prácticas institucionales, principalmente en las escolares (e.g. Renée Balibar, Les Français fictifs. Le Rapport de styles littéraires au français national, París: Hachette, 1974).
[13] La única excepción significativa es, tal vez, "El aparato formal de la enunciación", publicado originalmente en 1970.
[14] El número 8 de la revista Communications (1966) y el libro de Gerard Genette Figures III, publicado originalmente en 1972, son tal vez la obras más célebres en este espacio (versión española: Figuras III, Barcelona: Lumen, 1989).
[15] Una referencia fundamental: Questions de Poétique de Roman Jakobson, antología publicada en Francia en forma de libro en 1973 (versión española: Ensayos de poética, México: FCE, 1977).
[16] Una de las obras más representativas de este diálogo con la crítica literaria estructuralista europea es Cien años de soledad. Una interpretación, de Josefina Ludmer (Buenos Aires: Tiempo Contemporáneo, 1972).
[17] En el caso de la EFAD, por ejemplo, existen, junto con otras restrictivas, definiciones sumamente amplias de lo que es una investigación en ese terreno (e.g. toda aquella que trabaje sobre unidades superiores a la frase y/o que se preocupe por el contexto de los enunciados). Maingueneau le adjudica este escenario a una distorsión cada vez mayor entre la inercia de las estructuras institucionales del saber y el movimiento acelerado de la investigación en ciencias humanas, que ignora las divisiones heredadas del siglo XIX. Para él, las investigaciones que quieran inscribirse en el marco de la EFAD deberían exhibir interés en aprehender el discurso como intrincación de un texto y de un lugar social, es decir, que "su objeto no es ni la organización textual ni la situación de comunicación, sino lo que las une a través de un modo de enunciación", trabajando sobre corpus que, de alguna manera, permitan la intervención en conflictos ideológicos, dado que se trata de saberes originados en estrecha relación con los movimientos de transformación social (v. 1999).  
[18] De todas maneras, existen autores que ven con desconfianza cualquier signo de estatismo que provenga del afianzamiento y la estabilidad, ya que indicaría la marginalización de las posiciones críticas que se hallan en el origen del espacio disciplinario. Históricos representantes de la EFAD, por ejemplo, sostienen que la consolidación de este campo procede de una interrogación histórica y epistemológica permanente, lo que supone volver sin cesar sobre el gesto inaugural del análisis del discurso, su inscripción en la materialidad de la lengua (cf. Guilhaumou, Maldidier y Robin, 1994).
[19] Texto publicado originalmente en el Journal de Psychologie, julio-septiembre de 1958. Recogido luego en la edición francesa (de 1966) y española de Problemas de lingüística general I, México: SXXI, 1971, pp. 179-187.
[20] Su exposición sistemática se encuentra en la conferencia "Lingüística y poética", publicado por primera vez en 1960, luego recogido en sus Ensayos de lingüística general (edición española Barcelona, Planeta-Agostini, 1985, pp. 347-395).
[21] De ese año es la edición inglesa de How to do things with words, Oxford University Press, que recoge las conferencias dictadas en 1955 (Traducción española: Cómo hacer cosas con palabras. Palabras y acciones, Buenos Aires, Paidós, 1971).
[22] La definición de los actos de comunicación preocupa tempranamente a investigadores como Hymes (e.g. "Toward linguistic competence", en Working papers in Sociolinguistics nº 16, Austin: University of Texas, 1973). 
[23] Un texto fundacional en este campo y en el de la microsociología es Interaction ritual, de Goffman, publicado originalmente en 1967 (Goffman, E. Ritual de la interacción, Buenos Aires: Ed. Tiempo Contemporáneo, 1970).
[24] Por eso el campo fundado por el Círculo de Bajtín también se reconoce como uno de los pilares de la sociosemiótica.
[25] Este autor afirma allí: "En todos los casos se debe poner en evidencia el carácter central de la noción de género de discurso, que a título de institución discursiva desbarata toda exterioridad simple entre texto y contexto (65)".
[26] Publicados por Éditions du Seuil, en dos volúmenes. La versión en español, editada por Siglo XXI, fue originalmente publicada en 1971 (vol. 1) y 1975 (vol. 2).
[27] Subrayo algo que decanta de la misma afirmación: esta concepción está fuertemente influenciada por lo que suele caracterizarse como giro etnolingüístico dentro de la EFAD.
[28] Noto, casi como una coincidencia, que desde algunas posiciones actuales de la crítica literaria local también se ha insistido con la conveniencia de abandonar la idea de autonomía del hecho literario o, al menos, la de leer ciertas obras desarticulando la oposición texto/contexto, claro que todo esto por motivos y objetos radicalmente diferentes a los que vengo exponiendo. La categoría de literaturas postautónomas propuesta por Ludmer es el mejor ejemplo; cito los dos postulados que la sostienen: "Las literaturas posautónomas (esas prácticas literarias territoriales de lo cotidiano) se fundarían en  dos  (repetidos, evidentes) postulados sobre el mundo de hoy. El primero es que todo lo cultural (y literario) es económico y todo lo económico es cultural (y literario). Y el segundo postulado de esas escrituras sería que  la realidad (si se la piensa desde los medios, que la constituirían constantemente) es ficción y que la ficción es  la realidad" (v. http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v17/ludmer.htm).
[29] Es evidente que, de todas las disciplinas humanísticas con las cuales los estudios del discurso establecen puntos de contacto, la lingüística es la única ineludible por definición. Pese a todo, en un texto escrito a mediados de la década del ’70, Maingueneau (autor inscripto en la EFAD) se planteaba qué es lo que corresponde propiamente al campo de la lingüística en el análisis del discurso; la mejor respuesta que encontraba para ese interrogante era, justamente, la falta de una respuesta satisfactoria (cf. 1989: 24). Otros autores exploraron con mayor profundidad esta cuestión y ofrecieron algunas explicaciones satisfactorias. Courtine, por caso, llega a la fórmula de una "coexistencia contradictoria" entre lingüística y análisis del discurso, promovida por el atasco que genera la fidelidad a la distinción saussuriana entre lengua y habla (cf. 1981). Para ponderar la presencia de este interrogante en el entorno del ACD, véase, por ejemplo, Meyer, 2003. En término generales, hoy, si bien se ha desarrollado y estabilizado el análisis del discurso, perdura la polémica en torno al rol de la lingüística.
[30] Cabría pensar que sólo en el siglo XIX hubo una real autonomización de la literatura, en tanto que era un campo constituido por grupos de artistas independientes y especializados que pretendían reconocer únicamente las reglas establecidas por ellos mismos.

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Nicolás Bermúdez es Magister en Análisis del Discurso de la UBA y becario doctoral y docente de esa misma universidad. Da clases de grado y posgrado en el Área Transdepartamental de Crítica de Artes del IUNA. En libros y revistas nacionales y del exterior ha publicado artículos sobre escritura en el ámbito académico y sobre análisis del discurso verbal y audiovisual.

 


 

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