crítica de artes    
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Memoria del arte / memoria de los medios n° 1 / 2
dic.2003
semestral
Bibliográficas

Espacios mentales. Efectos de agenda II


Eliseo Verón, (Gedisa, 2002, Barcelona)
María Elena Bitonte
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Verón reconoce en la teoría de los mundos posibles de Nelson Goodman, en el constructivismo de Jerome Brunner, en la idea del conocimiento encarnado de Harry Collins y en la teoría de Peirce los puntos de partida de esta nueva aproximación a las operaciones semióticas del conocimiento.

Tal como lo había anticipado en El cuerpo de las imágenes (Verón 2001) el concepto de espacios mentales viene a reformular el de representación mental, y alude a una configuración dinámica de trayectorias semióticas a partir de las cuales se conocen y organizan los fenómenos. De manera que la noción no remite a objetivaciones cristalizadas del mundo sino, antes bien, a la experiencia de apertura que resulta de las infinitas posibilidades de un espacio mental, para desplegarse hacia espacios o mundos diferentes. La noción de mundos es distinta de la de representación porque los mundos se definen por los peculiares reagrupamientos de la materia semiótica y no por la capacidad reproductiva de mímesis. De hecho los operadores de cambios de escala –aquellos que provocan transiciones– tienen un carácter fundamentalmente indicial. "Hablar de espacios mentales –había dicho en El cuerpo de las imágenes– me parece a la vez más útil y más preciso que hablar de ‘representaciones’, como se hizo durante mucho tiempo en ciencias sociales, por una razón muy simple: la noción de ‘representación’ tiene una dimensión semántica que reenvía inevitablemente al iconismo y a la problemática de la analogía; el concepto de ‘espacio mental’ es, en cambio, totalmente indiferente a las características de las operaciones –primeras, segundas o terceras, para utilizar la terminología de Peirce–. Un espacio mental no es otra cosa, por definición, que una configuración de operaciones de los tres tipos".

La noción permite apartarse de ciertas aproximaciones reificantes de los fenómenos sociales posibilitando la comprensión de formas dinámicas de percepción y de pensamiento. Como el planteo es eminentemente cognitivo, se trata de comprender cómo se produce el conocimiento para un sujeto que por definición se desplaza en un espacio semiotizado.

De manera que el modo en que el mundo adquiere sentido para ese sujeto puede organizarse en tres categorías: sus sentimientos, sus experiencias –y el relato de sus experiencias– y las reglas a partir de las cuales puede organizarlas para sí mismo y para otros, como un lenguaje. Estas operaciones primeras, segundas y terceras se mueven impulsadas por una suerte de "compulsión ciega" –como la denominaba Peirce– definiendo trayectorias. En efecto, lo que hace posible el pasaje de una categoría a otra es la compulsión a interpretar a la que nos induce el signo, esto es lo que define a la dinámica semiótica como capacidad de producir inferencias. El signo –ya sea como afecto, percepto o concepto– promueve su interpretante –intentemos sinó, ver una palabra escrita en nuestra propia lengua, sin leerla–. Entonces, lo que impulsa el proceso semiótico es una operación inferencial básica que Peirce había denominado abducción.

Así, los procesos de pensamiento, como procesos inferenciales, se caracterizan por su desplazamiento. Los desplazamientos o las relaciones –tanto en el marco de las trayectorias de un mismo espacio mental como en las transiciones de un espacio mental a otro– responden al régimen de la contigüidad, es decir al orden indicial del sentido: la relación orgánica entre dos elementos –como la del signo que indica su objeto–. Incluso las relaciones de identidad suponen un principio metonímico.

Entonces, si el universo de los espacios mentales está configurado por todo el tejido de trayectos que van generando los procesos semióticos de pensamiento, se trata de recorridos preeminentemente indiciales o metonímicos. Y no corresponden al universo solitario de la subjetividad sino que se caracterizan por ser espacios "de encuentro" entre sujetos. Espacios mentales son espacios sociales.

Verón destaca el valor de los pequeños detalles que pueden generar tanto trayectorias insospechadas como grandes cataclismos. Tal es el caso, por ejemplo de los inesperados desenlaces provocados por microdecisiones. Si bien no se puede establecer el origen de una trayectoria en términos de estímulo, causa o determinación, lo que sí se puede afirmar es que los dos puntos entre los que se realiza una trayectoria tienen, por lo menos, un elemento en común. Los racimos de espacios mentales tienen la capacidad de construir innumerables –aunque no cualquiera– mundos posibles en la medida en que siempre pueden generar nuevas conectividades. Por eso es tan importante el concepto de cambios de escala.

El tránsito de un espacio mental a otro supone lo que Verón denomina un cambio o ruptura de escala. Se trata de un proceso meta-cognitivo: un cambio de espacio, de tiempo o de nivel lógico, por ejemplo. Cuando se trabaja sobre materiales concretos, estas transformaciones están marcadas en superficie por el trabajo técnico –bastardilla, montaje, cámara lenta, cambios de persona pronominal, cambios de focalización o punto de vista, cambios de estilo, género, etc.–. Desde esta perspectiva, podrían concebirse, incluso, las diversas formas de transposición, como casos de cambios de escala.  La observación de las transformaciones de los materiales en relación con la tecnología resulta entonces un ejercicio meta-reflexivo, en la medida que se está tomando conciencia de las operaciones que generan la transición de un espacio mental a otro.

Ahora bien, en El cuerpo de las imágenes Verón anticipaba el efecto de extrañamiento que provocan los cambios de escala. En Espacios mentales, advierte los efectos sociales que pueden producir, como resultado del proceso tecnológico: "Toda nueva tecnología –dice Verón– contiene potencialmente rupturas de escala, con la consiguiente posibilidad de la emergencia de nuevos mundos y esta posibilidad es percibida como una amenaza para las identidades sociales estabilizadas en un momento dado".

Así se puede sostener el análisis sociosemiótico como una alternativa crítica, consistente en leer el trabajo técnico no como una estabilidad, sino como juego de operaciones. Es por esta vía, según entiendo, que el trabajo de análisis no sólo resulta una forma de reflexión sobre las condiciones materiales sino que además se constituye como una forma de intervención, en la medida en que al ofrecer pautas de inteligibilidad permite pensar modos de acción.

Autor/estop

María Elena Bitonte es Licenciada en Letras y Magister en Comunicación y Cultura de la UBA Es docente e investigadora de la UBA y el IUNA. Es autora del libro Notas al pie. Monitoreo cualitativo de la campaña 2003 y ha publicado diversos artículos, traducciones y reseñas críticas para distintas publicaciones nacionales e internacionales, en el área de la semiótica y el análisis del discurso.

mariabitonte@hotmail.com

 

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