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El arte y lo cómico n° 3
abr.2005
semestral
Bibliográficas
El Humor en Borges
René de Costa, (Cátedra, 1999, Madrid)
Ezequiel De Rosso
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Una vindicación falaz

En la página 16 de El humor en Borges René de Costa cita el Leviatán de Hobbes: "El estallido de la risa no es sino la súbita iluminación que nos produce la sensación de poseer una cualidad superior, que nos diferencia de quienes no ríen". Hobbes, pensador moderno al fin, acuñaría otra línea memorable: "La única pasión de mi vida ha sido el miedo".

Treinta y seis años antes de la publicación de Leviatán Cervantes publicaba El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El Quijote, se ha afirmado hasta el hartazgo, funda la literatura moderna, así como es posible argumentar que el Leviatán funda la teoría política moderna. Notablemente, el desacomodamiento entre individuo y mundo en uno y otro texto tienen dos soluciones opuestas y simétricas. En Hobbes, ese desorden funda el miedo, y luego, el estado; en el Quijote funda locura, y luego, la aventura.

Y es que en el origen de la literatura moderna se encuentra el desarreglo de los sentidos, la radical inadecuación entre el individuo y el mundo que lo rodea. En lugar de devenir miedo, esa inadecuación produce risa: el escritor moderno será un humorista de esa fractura originaria.

Es posible entonces afirmar que una de las tradiciones centrales de la literatura moderna es el humor. Cervantes, Swift (qué comprendió las dos caras del pensamiento hobbesiano y compuso Los viajes de Gulliver), Sterne, Dickens, Wilde, Kafka, Tzara, Borges, Nabokov, Calvino, Lem: escritores que entendieron que frente a un mundo cada vez más incomprensible, la única posibilidad para la literatura era la risa.

Ese linaje secreto y prestigioso tiene en la obra de Borges un punto nodal que condensa líneas (la vanguardia, la literatura argentina, los géneros "menores", la filosofía occidental) y reordena tradiciones (el realismo, la literatura gauchesca, la novela, la filosofía occidental). Así, Borges inventa a sus precursores; pero también, con el tiempo, los escritores terminan pareciéndose a quienes los mencionan; y Borges termina siendo inventado por quienes lo leen.

René de Costa, en cambio, cree que Borges es un escritor genial, en el sentido más germánico y romántico del término. Así lo declaran su afición por las primeras ediciones (porque las otras están plagadas de errores que de Costa atribuye al pudor de los editores) y a la facilidad con la que atribuye a los textos de Borges una voluntad escolar: "Pero como los lectores no siempre estamos a su altura, en sucesivas ediciones [Borges] introduce a veces cambios en algunas bromas, cambios muy sutiles que denotan su intención de resaltarlas". Cuáles son las ediciones que hay que consultar (porque son la expresión del humor borgeano) y cuáles no (porque los cambios son erratas) es un misterio que, aparentemente, sólo Borges podría desentrañar.

Semejante idea de escritor es correlativa de cierta idea de lectura: de Costa obvia casi toda referencia a la crítica (que el texto reconoce como abundante) que sobre Borges ha existido y la despacha en frases como: "Es evidente que la cantidad de sugerencias que contiene el texto para la divagación es tal y tan compacta que hasta los lectores más ‘atentos’ han desatendido las claves que el propio Borges va dejando aquí y allá, especialmente las del humor". El humor en Borges, entonces, sólo comentará la crítica de Genette y la de Foucault (a quien, contradictoriamente, de Costa atribuye un reconocimiento del humor borgeano), olvidando que casi todos los textos dedicados al autor de Ficciones indican en mayor o menor medida la importancia del humor para la configuración de su estilo.

Borges es para de Costa un individuo y no un cúmulo de textos y lecturas. No lo considera una construcción realizada en gran parte por los textos de Borges, pero también por las críticas y lecturas que su obra ha recibido. Así pensado, sólo puede resultar reduccionista afirmar que "Para los contemporáneos de Borges, adoctrinados por el tratado fundacional de Sarmiento (Civilización y barbarie, 1845) los indios eran la escoria de la Argentina" o eliminar de su corpus de trabajo los textos firmados con Bioy Casares porque "merecen un estudio aparte".

Este reduccionismo atraviesa El humor en Borges que, dedicado sólo al humor, termina por simplificar problemas de mucha mayor densidad. No se trata sólo de la imposibilidad de las genealogías literarias o de la construcción de Borges en una tradición nacional (toda tradición es fictiva y, finalmente, la labor crítica no busca revelar ninguna verdad), sino de la posibilidad de articular un discurso complejo sobre un objeto particularmente denso (y todo objeto, bien mirado, es particularmente denso). De Costa no lee, en suma, el humor borgeano en un cruce de coordenadas en las que es imposible obviar el humor, pero en la que el humor funciona en tensión con otros gestos.
    Así, todo el ensayo tiende a una reducción por la que el humor sólo puede ser leído a costa del sacrificio de otras dimensiones textuales. De Costa lee "La muerte y la brújula" como una parodia del género policial y afirma que en el final del relato (en el que propone a Scharlach una versión de la paradoja de Zenón) Lönrot

"evidentemente debe pensar que en la subdivisión infinita del espacio, Scharlach nunca podrá alcanzarlo, lo cual se demuestra como falso cuando Scharlach da un paso atrás y en esa ‘línea recta’, dispara y naturalmente da en el blanco, demostrando la falacia de la aporía".

Es posible acordar en que "La muerte y la brújula" es una parodia del género. Más difícil resulta acordar en que la demanda de Lönrot sea ridícula y que la aporía quede refutada. No es imposible acordar en este punto, pero sí es simplificar un problema que en la obra de Borges tiene un peso extraordinario.

Esta falta de densidad es característica del texto de de Costa. Se afirma en el prólogo que el libro estuvo guiado por la voluntad de divulgar la diversión que produce leer a Borges. Placer que hace del libro una lista de chistes borgeanos. No se encuentra en ninguna parte una sistematización de los recursos con los que la obra de Borges produce ese efecto. Es cierto que en el libro se describen algunos de los recursos más frecuentes y se encuentran fragmentos memorables, pero no se los articula y así El humor en Borges, que tiene 151 páginas, podría tener 250 o 462: no hay límites para el recuento de chistes y anécdotas. En la medida en que estos recursos no se aíslan ni se describen técnicamente, el texto vacila entre el tono académico y la opinión silvestre. De Costa, como Funes, sólo puede recordar: no puede despegarse de los textos que lee. El entimema, el oxímoron y la antítesis, por ejemplo, tres figuras centrales para el humor borgeano,  no son descriptas. Sí son citados (y explicados) los diferentes chistes una y otra vez según sus diferentes apariciones en los textos.

Se pierde así no sólo la correlación de la obra borgeana con sus condiciones de producción (cierta línea de la literatura moderna, pero también de la cultura argentina), sino también el efecto mismo de corpus: Borges se torna un escritor unidimensional cuya mayor virtud fue burlarse de eso mismo que constituyó el centro de su obra. Así, el Borges humorista vindicado por de Costa es un torpe contador de chistes, desesperado por que sus lectores "capten" los chistes.

Y si es cierto que los escritores son recreados por quiene los mencionan, ojalá que Borges siga sin parecerse al escritor estudiado en El humor en Borges.

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